METAFISICA ESPIRITUAL
[27-08-2010]
El estado humano se yergue sobre tres condicionantes: el
origen de su vida, la continuidad de esa vida, y la
extinción de ella. Todo está vinculado a la vida que reúne
los tres condicionamientos primordiales. Otras opiniones
afirman que los condicionamientos del estado humano son la
vida y la mente, aunque en un sentido extensivo se puede
considerar que tales cualidades son también atribuibles a
las especies animales, en el bien entendido que por mente
se debe implicar no sólo la inteligencia sino también la
razón y hasta los componentes más elementales que permiten
a los animales distinguir conductas y seleccionar
distintos comportamientos en función de las reacciones del
medio.
Pese a lo dicho, y entendiendo por mente
todas las manifestaciones de la psique desde las
más ponderadas como el movimiento lógico de
la razón hasta la más simple acción
por reacción, hemos elegido el estudio de la mente
por lo que importa en sí misma y para reflexionar
sobre ella en comparación con la inteligencia y de
modo especial con la conciencia. Es una exigencia
comprensible el delimitar con precisión lo que se
podría designar como “función
mental” en sentido muy general con residencia en el
cerebro, distinguiéndola de la
“función intelectiva” que reside en el
corazón. Es una dicotomía que en lo que se
suele llamar sophia perennis es algo bastante
conocido y admitido su contenido, pero que es una
expresión que suele ser atribuida a la línea
de pensamiento aristotélico-tomista por los
teólogos católicos como expresión
exclusiva de la teología cristiana. Como quiera que
esta sabiduría es bastante más antigua que
la teología cristiana en sus diversas vertientes y
la católica, la usaremos sabiendo lo que decimos y
solicitando que en el mejor de los casos se admita como
expresión de titularidad humana, sin distinciones
ni exclusivismos para nadie.
En el capítulo LXX de su obra Símbolos
fundamentales de la ciencia sagrada, René
Guénon se complace en trascribir algunos
párrafos de un artículo que en el año
1926 publicó la señora Th. Darel en la
Revista Vers l´Unité donde esta autora
evidencia una notable cercanía de su pensamiento
con el de Guénon o, para ser más precisos,
con la Tradición Primordial muy desatendida en
Occidente. Obviamente, no reproduciremos los
párrafos seleccionados, pero no podemos dejar de
comentar algunas frases dignas de elogio. La señora
Darel considera que el cerebro es propio del reino animal
íntegro, mientras que “el corazón, por
un aspir y un expir secreto, permite al hombre,
permaneciendo unido a su Dios, ser pensamiento vivo
”. A estas reflexiones añade Guénon un
comentario: “El lector avezado habrá
descubierto aquí la idea del corazón como
centro del ser”, añadiendo que es dable
“considerar corazón y cerebro como dos polos
en el ser humano”. Concluiremos con algunas de las
mejores frases del artículo se la señora
Darel, como cuando expresa: “En el hombre, la fuerza
centrífuga tiene por órgano el cerebro
, la fuerza centrípeta, el corazón
”. “El corazón es, en nuestra
opinión, la sede y el conservador de la vida
cósmica”.
Este traslado desde el cerebro al corazón del aspecto más
destacado y noble de la condición humana puede resultar
sorprendente para muchos y decepcionante para muchos más
porque, entre otras cosas, es menester revisar ciertas
verdades nacidas del sentimentalismo romántico que realiza
verdaderos esfuerzos intelectuales para sostener que los
sentimientos se acunan en el corazón y de entre ellos, el
amor, como el más importante para las relaciones humanas
y los signos de solidaridad. Nadie ha podido demostrar con
auxilio de las ciencias particulares que sea el corazón la
residencia de tales sentimientos y en general de todos los
que el ser humano sea capaz de experimentar. Tampoco ha
sido demostrado por trabajos intelectuales que al menos
den paso a la posibilidad de una discusión abierta a ese
respecto. Sin embargo, en el día de los enamorados se
sigue echando mano a los corazones atravesados por las
fechas de Cupido. Son los mitos indestructibles que pese a
su falsedad se resisten a ser derrumbados por la sensatez,
ya que en tal caso es ocioso pensar en una evidencia
intelectual.
Del mismo modo que el corazón se agita frente a ciertos
episodios de la vida, también el cerebro se ofusca y
termina con los consabidos “dolores de cabeza” ante
situaciones comprometidas de la vida cotidiana y ni en un
caso ni en el otro, tales reacciones puramente
fisiológicas deben servir para definir de modo irrebatible
lo que reside en el corazón y lo que en el cerebro. Un
arrebato es capaz de producir un infarto, y no por ello
afirmaríamos que tales sensaciones se producen en el
corazón si la causa del arrebato fuera la ruptura de una
relación amorosa, por ejemplo. A veces el arrebato produce
una embolia cerebral lo que permitiría afirmar que tales
efectos no son propios del corazón sino del cerebro. Como
se advierte, ni en un caso ni en el otro se puede dar una
regla inflexible porque no es hasta hoy demostrable que
los sentimientos, incluyendo el amor, tienen su residencia
en el corazón. Cuando decimos “indemostrable” nos
referimos a los métodos de las ciencias físicas y no a la
metafísica.
La mente del hombre en su complejidad es capaz de
discurrir, discernir y realizar operaciones lógicas de la
razón mediante los mecanismos secretos de la Creación que
de esta manera ha colocado en el hombre la cualidad de
conocer mediante el movimiento discursivo que no alcanza
a los animales como género. La diferencia específica del
hombre, que lo separa de su género próximo integrado por
todos los animales, es como la definía Aristóteles, la
inteligencia, facultad exclusivamente humana que permite
conocer mediante la creación de conceptos que resultan de
un proceso mental que consiste en abstraer de los entes
sus características esenciales para formular una imagen
básica, genérica y comprensiva de todos los entes de la
misma especie; es así como “árbol” representa la imagen de
raíz, tronco, ramas, hojas, flor y frutos, que son
caracteres que están presentes en todos o casi todos los
ejemplares individuales de esta especie de seres del
llamado reino animal.
Sin embargo, con estos resultados de la razón, el hombre
sólo conoce la realidad que lo rodea, la de su mundo que,
según hemos venido recalcando desde las primeras líneas
hasta ahora, se trata de una realidad relativa mas, aunque
se negara la existencia de la metafísica advaita o
admitiéndola se negara su validez, seguiríamos
preconizando la misma idea: con la razón no se llega al
descubrimiento de los universales; Dios, por ejemplo, lo
Absoluto, lo Eterno, lo Infinito... Para ello es preciso
algo más que razón y lógica. Se precisa un movimiento
espiritual e íntimo que abra las puertas del ser y dirija
desde el corazón sus funciones exclusivas, intelectuales
de carácter intuitivo o las vivenciales que permitan a ese
ser remontar el vuelo hacia los estados superiores donde
su individualidad, apartada del mundo contingente,
inquieto y diferenciado, se confunda con la placidez de la
indiferenciación donde las formas se borran para encender
la luz de la Totalidad, que es, quiérase o no, el destino
del hombre tras su estado póstumo.
Se equivoca quien supone que la unión con el Absoluto
consiste en una reunión multitudinaria de almas
perfectamente diferenciadas por los caracteres de sus
individualidades, porque tal unión es una experiencia
entre el ser individual y Dios, donde nada más hay y nada
queda fuera. Una soledad apetecida como espacio inmenso
destinado al “descanso” que demanda una pasada existencia
aprisionada por las urgencias vitales. Algo similar “al
merecido descanso” que nos proporciona el sueño profundo,
durante el que desaparecen todas las cosas, pasiones,
placeres y sufrimientos y que nos es requerido como una
necesidad imperiosa. El ser humano muere antes por la
falta de sueño que por hambre. El ayuno de alimentos puede
mantenernos vivos mucho más tiempo que el ayuno de sueño.
Los cristianos resolvieron el problema con sencillez y
acierto. Si tomamos en cuenta el icono oficial del Sagrado
Corazón de Jesús, se advierte que las gotas (generalente
tres) que salpican desde su corazón son tres yod o iod,
que es la décima letra del alephbeto hebreo que, por lo
demás, es una letra sagrada pues por partida doble (arriba
y abajo) rodea a la letra vav o wav, la sexta del
alphbeto, y las tres dibujan la primera letra aleph, que
es la más sagrada y cuyo valor es 26: diez cada iod, y
seis la vav. En el icono del Sagrado Corazón está
representado con cierto disimulo le percepción sagrada de
la tradición hebrea lo que, por otra parte, nada tiene de
extraño si consideramos que Jesús nació judío y a los ocho
días de nacer, como mandan los cánones de esa religión,
fue circuncidado (Lucas, II, 21 y ss.) . Ese corazón es
también una analogía y por lo tanto una representación
inversa de la cueva o gruta donde se llevan a cabo las
oblaciones y demás celebraciones sagradas, sin excluir las
iniciáticas. Y como señales inequívocas del significado
hermético del Corazón de Jesús, suele ser figurado como un
sol con rayos llameantes (curvilíneos) y rayos lumínicos
(rectilíneos). Ese sol que irradia luz y calor es la fiel
representación de la sabiduría (luz) y de la vida (calor).
La luz del Sagrado Corazón, siguiendo las enseñanzas de la
simbología básica de la tradición es la sabiduría y de
entre todas ellas, la Sabiduría Primordial, cuya fuente es
la divinidad y de la que proceden todas las que el hombre
supone por él creadas. Es la sabiduría que alimenta los
criterios básicos de todas las religiones y culturas de
todas las épocas, de manera que no es factible que nos
extraviemos si nos alienta el propósito de buscar la
verdad. El calor proviene de la energía vital, que es otro
elemento de la Creación, pero la sabiduría proviene de la
luz, elemento distinto pero que se reúnen formando una
unidad hermética en el Corazón de Jesús. Se puede
concluir, pues, que es en el corazón de Jesús donde reside
la sabiduría porque es allí donde los rayos lumínicos del
sol están dibujados rectos; y también es allí donde está
albergada la energía vital que proporciona el calor del
sol con rayos curvilíneos que quieren asemejarse a los de
una llama. Hay pues, una comunión entre la sabiduría
divina que escapa de los márgenes de lo propiamente
humano penetrando en el ámbito de la no-dualidad, y el
calor vital que se enraíza en el ámbito de la realidad
realativa dualista. Del cerebro, ni una palabra; ni
siquiera una alusión.
- - - º - - -
Hemos dicho, y no una vez, que “mente” tiene que ser
entendida como símbolo y no como un sitio (el cerebro),
donde tienen cabida ciertas experiencias racionales. Por
ello, la mente como símbolo representa la cualidad más
exclusiva del ser humano, porque lo distinguie como
especie de las demás especies del género animal. Caben,
pues, en la mente como símbolo, la psique, la lógica, la
razón, el pensamiento, la conciencia, la intuición, la
inteligencia, las vivencias y hasta si se quiere, el
espíritu y el alma cuando tienen necesidad de evidenciarse
de alguna manera. Hecha esta advertencia para evitar
confusiones, examinaremos algunas referencias que de modo
expreso se hacen en las Upanishad de la doctrina hindú,
especialmente en su cosmogonía, por ser una de las más
desarrolladas y arcaicas.
En la cosmogonía hindú solemos encontrar muchas
referencias a la mente y no todas con el mismo sentido. Si
leemos: “La Muerte tuvo un deseo: Que un segundo cuerpo
nazca de mí. De este modo formó el Habla en su mente,
convirtiéndose la semilla en el año. Antes de aquel tiempo
no existían los años. El Habla tardó en formarse un año.
Cuando aquélla nació, la Muerte abrió la boca para
tragársela. Entonces aquélla gritó: “ ¡Bhan! “ y así se
formó el Habla” (Brihadāranyaka Upanishad, I, 2, 4). Es el
nacimiento de la mente en el ser ya que en el primer deseo
lo que se forma es el agua (ka), pero como apareció cuando
estaba en adoración (arkate), al agua se la llama arkate.
En el segundo deseo de la Muerte es cuando nace la mente y
se aloja en el cuerpo del ser. La Muerte en este contexto,
ya lo explicamos antes, significa el No-Ser, la
inmanifestación de la que van surgiendo los seres
múltiples de la manifestación. Las verdades más excelsas
son la de los Vedas (que tiene la misma raíz que la
palabra latina verdad), y así lo confirma la escritura:
“Estos son los tres Vedas: Rig-veda es la palabra,
Yagur-veda la mente y Sama-veda el aliento. Estos son los
Devas, los antepasados y los hombres: los Devas son la
palabra, los antepasados la mente y los hombres el
aliento.
Según hemos visto en otros estudios anteriores, el destino
del ser individual tras el estado póstumo depende de la
conducta que haya llevado en vida, y tal comportamiento a
la hora de morir quedará reflejado en la ruta que le
corresponderá: la de los Devas con rumbo norte, la ruta de
los antepasados con rumbo sur, y la de los hombres cuyo
destino es el infierno. Las dos primeras rutas permiten
regresar a la tierra para terminar de resolver las
acciones que quedaron inconclusas. En cuanto al camino de
los hombres, también tiene una ruta de regreso a la
tierra, pero con naturalezas de rango menor. De este texto
upaishádico se colige que la mente ocupa un lugar
destacado, pero no el privilegiado que se reserva para los
que contemplan el Absoluto, sino el de los seres
caritativos, sacrificados y religiosos, en quienes no
actúa la Conciencia sino la mente racional y especulativa.
- - - º - - -
Había dos clases de descendientes de Pragapati, los Devas
y los Asuras. Los Devas eran los más jóvenes y los Asuras,
los mayores. En esa lucha la victoria se decantó de parte
de los devas debido a la intervención de la diosa Durgā
quien inmediatamente comenzó a liberar a todas las
deidades que el Dios de los Asuras había secuestrado
privándolas de libertad. “Cuando liberó a la mente, ésta
se convirtió en la luna. La luna, después de traspasar los
límites de la muerte, brilla en todo su esplendor. A quien
conoce esto, esta deidad le conduce más allá de los
confines de la muerte” (Brihadāranyaka Upanishad, I, 3,
16). De estos pasajes de las escrituras debemos sacar
algunas conclusiones. En primer lugar, que la mente fue
incapaz de sustraerse al secuestro malvado de los Asuras,
y corrió la misma suerte que el oído, el habla, el ojo y
demás deidades. Fue cuando la Muerte trató de tragarse el
aliento vital y fracasó siendo vencida por la diosa Durgā.
El aliento vital que recorre toda la extensión del ser fue
la fuerza que puso freno a los caprichos del Dios de los
Asuras facilitando a Durgā su victoria. Esto demuestra la
fragilidad de la mente frente a las vicisitudes de la
existencia y en especial del conocimiento que, al tener
carácter relativo, está sujeto a error, no necesariamente
pero sí aleatoriamente.
Otro comentario que sugieren los pasajes antes trascritos
es que cuando la mente fue liberada por Durgā, se
convirtió en la luna a la que, según referencias
simbólicas hechas con anterioridad, se la considera
rectora del conocimientro indirecto o reflejo, como que
necesita la luz del sol para cobrar vida. La luz de la
mente es la luz lunar, que precisa de una fuente lumínica
externa para llegar a ser. Este conocimiento reflejo viene
a representar el conocimiento dualista, impreciso y propio
de la realidad relativa que conoce mediante el método
discursivo, muy antiguo pero perfeccionado por el
pensamiento de la Grecia clásica y que perdura hasta hoy
en Occidente.
Por si lo dicho hasta aquí no fuera suficiente,
recordaremos un texto que es explícito hasta donde se
pueda pedir: “Como las aguas encuentran su centro en el
mar, igual que el tacto se encuentra en la piel, todos los
gustos en la lengua, todos los olores en la nariz, todos
los colores en el ojo, todos los sonidos en el oído, todos
los preceptos en la mente, todo el conocimiento en el
corazón, todas las acciones en las manos, todos los
movimientos en los pies, así todos los Vedas se encuentran
en el habla” (Brihadāranyaka Upanishad, II, 4, 9). Todos
los preceptos se encuentran en la mente y todo el
conocimiento en el corazón, es ahora lo que nos interesa
entender.
La mente discurre con la razón y almacena en la memoria
que consiste en un reflejo del pasado, pero siempre como
conocimiento de algo; el corazón conoce con la
inteligencia y se escapa a los estados superiores del ser
con una captación directa del objeto. En el mismo
Upanishad en el Tercer Adhyāya, Noveno Brahamana, se lee
repetidamente, como un himno: “Solamente quien conoce a
esa persona cuya morada es la semilla, cuya visión es el
corazón, cuya mente es la luz, el principio de todo ser,
en verdad es su maestro”, porque el corazón no conoce con
criterio dualista como la mente, sino que conoce como una
visión, directamente en un acto en el que actúa la
vivencia interior.
Se dice en este texto que la mente es la luz porque, en
efecto, la luz es simbólicamente el conocimiento, pero la
visión es el corazón. Esta visión no debe ser entendida
como la visión del órgano sensible, pues tal
interpretación carecería de sentido. Se trata de la visión
directa de la Conciencia que permite un ejercicio gnóstico
de la inteligencia, sea con característica intuitiva, sea
vivencial. La luz de la mente, por su parte, tampoco
significa aquí, únicamente el conocimiento racional que es
el que corresponde a sus atributos, sino que en una
significación de grado mayor se quiere referir a la mente
como condición del ser individual, diferenciador de otros
condicionamientos de especies similares a las del estado
humano que comparten los de la vida, por ejemplo, pero que
adolecen de mente específicamente humana; tales otros
seres podrán razonar siquiera mínimamente, pero jamás
podrán inteligir ni lo más mínimo.
Cuando Sakalya preguntaba acerca de las deidades en
Brihadāranyaka Upanishad, III, 9, 25: “¿Cuál es la deidad
de Occidente? Yagñavalkya respondió: Varuna. “¿Dónde mora
Varuna? En el agua. ¿Y dónde mora el agua? En la semilla.
Sakalya entonces preguntó: ¿Y dónde mora la semilla?
Yagñavalkya contestó: En el corazón. Por consiguiente
dicen que un hijo es como su padre, que parece haber
salido de su propio corazón, o hecho de su propio corazón,
pues la semilla mora en el corazón”. Además de la
posibilidad del conocimiento directo por vivencia o
intuición intelectual, al corazón se lo considera el
centro del ser por su importancia y funciones, a tal punto
que la escritura le otorga la condición de residencia de
la semilla del ser, donde se produce la palingénesis y da
lugar a la vigencia del aforismo chino: “Revivirás en tus
miles de descendientes”.
La captación intuitiva de la Realidad Absoluta en la
metafísica advaita conduce a un aserto indestructible
porque constituye una unidad con el acto de captar: se
refiere a la cualidad de esa captación, que no es otra que
la verdad absoluta, a diferencia de la verdad relativa de
la metafísica dualista. Dice la escritura: “¿Y dónde mora
la Verdad? Yagñavalkya replicó: En el corazón, pues sólo
desde el corazón decimos lo que es verdad; ciertamente es
allí donde mora la Verdad” (Brihadāranyaka Upanishad, II,
9, 26).
El corazón es el centro del cuerpo y la sede de la
inteligencia. En la mente, entendida como residente en el
cerebro, se generan los conocimientos racionales que son
almacenados por la memoria, y donde la lógica permite
conocer con método discursivo la realidad mundanal, donde
habita el ser humano y desde donde puede, según el
hinduismo, elevarse a los estados superiores hasta
percibir en una unidad su propio ser y el Ser Supremo. Esa
comunión o fusión, o unión del ser con el Ser es una
concepción metafísica que recorre las aguas fluyentes de
las civilizaciones y creencias religiosas, sin excepción,
aunque a veces se la disimule. El cristianismo no habría
de ser una excepción y por ello no dejan de sorprender las
palabras de Pablo en su Epístola a los Corintios (I),
cuando afirma con claridad: “Quienquiera que esté unido al
Señor, es con Él un mismo Espíritu” (VI, 17). Los primeros
atisbos de una metafísica cristiana han sido demolidos sin
piedad por el Concilio de Trento, impidiendo que esta
doctrina sagrada construya su edificio de sabiduría
perenne y se constituya por derecho propio en el dogma
sagrado de Occidente. Sin profundización ni creatividad,
los dogmas de otras religiones afilan sus dientes.
Con estas breves referencias a doctrinas que merecen todo
el respeto generado por sus argumentos y la fuerza de su
tradición varias veces milenaria, creemos haber dejado
claro que es el corazón donde radica la inteligencia, y la
mente donde radican los sentimientos y la facultad de
llevar a cabo el proceso discursivo del conocimiento.
Hemos pasado por alto citar estudios de sufismo en los que
en el mismo sentido que apuntamos, el Islam le otorga al
corazón el privilegio de ser el centro noble del ser
humano, tal como lo afirman otras doctrinas sagradas de
Oriente. Y no se diga que en Occidente la verdad es
“otra”, porque para ser verdad tiene necesariamente que
ser única y valedera para todos o no será verdad.
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